Los cuidados: una cuestión política
Los cuidados nos acompañan en cada una de las etapas de nuestro itinerario biográfico. Desde el nacimiento, la infancia, la juventud, la adultez y la vejez, los cuidados hacen posible el sostenimiento de la vida; así ha sido históricamente y así será. Por tanto, son una dimensión estructural y fundamental de la vida social.
Sin embargo, pese a su centralidad en el mantenimiento de la cotidianidad, así como del desarrollo personal y profesional, han sido sistemáticamente invisibilizados y desvalorizados en las estructuras políticas, económicas, sociales y culturales dominantes. Este desprecio no ha sido casualidad, sino que responde a una organización social marcada por la división sexual del trabajo, en donde los cuidados son relegados al ámbito de lo privado, lo familiar y lo femenino, naturalizando su gratitud y subordinación. No obstante, los cuidados constituyen el sostén del sistema económico capitalista (Pérez Orozco, 2014), a pesar de que no se reconozca su valor ni centralidad.
En este sentido, politizar los cuidados no se trata únicamente de cómo se distribuyen las tareas del hogar, sino de repensar los fundamentos mismos del modelo económico, político y social vigente. Implica desafiar y problematizar los límites entre lo público y lo privado, entre lo productivo y lo reproductivo, y reclamar una reestructuración de la vida, los tiempos y las instituciones de la sociedad. (Moreno-Colom, 2013)
El presente texto se propone analizar los cuidados como una categoría política fundamental, examinando su rol como pilar oculto del orden social y reivindicando la necesidad de un nuevo pacto social que sitúe el sostenimiento de la vida por encima de la lógica de acumulación económica.
Qué son los cuidados y porqué son una cuestión política
Los cuidados son una actividad esencial para el sostenimiento de la vida. Desde una perspectiva clásica, se ha definido a los cuidados como aquellas labores necesarias para la reproducción de la fuerza de trabajo, tareas como la crianza, la preparación de alimentos, la limpieza y mantenimiento del hogar, la educación o la atención a personas dependientes; pese a lo esencial de estas actividades, su valor se ha minimizado al ser considerado como trabajo no productivo, al menos en un sentido de producción de riqueza capitalista.
Esta concepción tiene grandes limitaciones y, por lo mismo, es uno de los principales territorios de debate y crítica que se han realizado al sistema económico y social contemporáneo. Los cuidados no solo son acciones que aseguran la supervivencia diaria, sino que es el “conjunto de actividades y procesos que sirven para regenerar día a día el bienestar físico y emocional de las personas.” (Pérez Orozco, 2014) Constituyen la base sobre la cual se forma el sistema económico capitalista. Pese a no ser un trabajo remunerado (a excepción del empleo del hogar) su valor inmensurable en la sociedad de hoy en día.
El cuidado no es solo una actividad de la vida cotidiana, sino que es una cuestión política. Desde la perspectiva de Arendt (1997), la política no se limita a la administración del poder y de la vida pública, la política es la capacidad de los individuos de pensar, querer y actuar, de involucrarse en la toma de decisiones y crear una realidad en común. En este sentido, el cuidado es un acto social y político y, como tal, está directamente relacionado con las estructuras de poder, las desigualdades de género y las relaciones de dominación.
Al ser labores históricamente feminizadas, los cuidados han sido una de las formas más evidentes en la reproducción de desigualdades con razón de género. Al asignarle un bajo valor social, se ha explotado a las mujeres, despojándolas de cualquier tipo de remuneración, a la vez que el sistema capitalista se sustenta en gran parte de este trabajo gratuito. Es por lo que, a través de su politización, son funciones que deben ser reconocidas, valorizadas y, sobre todo, redistribuidas. (Carrasco, 2001)
Vale la pena preguntarnos, por tanto, cómo reconocer su importancia no solo para el bienestar individual, sino para el conjunto de la estructura social, política y económica. Se debe superar la división sexual del trabajo que asigna los cuidados a la familia, y particularmente a las mujeres. Revalorizar los cuidados implica que deben salir del ámbito de lo privado y convertirse en una responsabilidad colectiva en la participen los mercados, la comunidad y el Estado, no solo la familia. La intervención gubernamental no se debe limitar a garantizar servicios básicos de cuidado -cuya importancia es altísima-, pues necesita expandirse para reconocer y transformar las dinámicas de poder que subyacen en la distribución desigual de los cuidados.
En este sentido, los cuidados van más allá de conjunto de prácticas y actividades humanas, sino que representan valores y creencias sobre la importancia del trabajo, la división sexual y la agencia de los individuos. Desde un punto de vista político, su manifestación sirve como un mecanismo para cuestionar las estructuras de desigualdad y explotación en la sociedad. Por tanto, no solo se debe demandar su redistribución, sino también su revalorización. Para ello, deben ser concebidos como un bien colectivo, cuya responsabilidad es compartida por los distintos actores sociales, y no como tareas feminizadas y mercantilizadas.
Los cuidados como pilar oculto del orden social
El considerar a los cuidados como una categoría política y de análisis supone reconocer su centralidad en el sistema político y económico contemporáneo. Sin embargo, como se ha mencionado anteriormente, su valor ha sido invisibilizado históricamente. La exclusión de los cuidados como pilar del orden social no es accidental ni fortuita: responde a una lógica de explotación capitalista que busca maximizar las ganancias sobre la base del trabajo gratuito realizado, en su mayoría, por mujeres.
Mientras que las actividades productivas ligadas al mercado son reconocidas socialmente y remuneradas económicamente en un sistema jerarquizado, las actividades reproductivas son relegadas a la esfera privada, sin obtener reconocimiento social ni monetario. Así, el orden capitalista promueve y se alimenta de la división sexual del trabajo, resultando en un sistema profundamente desigual en donde lo masculino se asocia a lo productivo y lo femenino a lo reproductivo, lo que enfatiza las asimetrías de poder.
Desde esta perspectiva, el orden social se estructura a partir de distintas dualidades: lo público y lo privado, lo productivo y lo reproductivo, el empleo remunerado y el trabajo no reconocido, lo racional y lo emocional, lo masculino y lo femenino. Esta división le permite al sistema capitalista funcionar sobre la base de trabajo no pago, pues todos necesitamos de los cuidados, en mayor o menor medida, y en diferentes momentos de nuestra vida. No obstante, la exclusión simbólica y material de los cuidados del orden social supone que estos no se distribuyan de manera justa, lo que afecta objetiva y subjetivamente a las mujeres, al estar históricamente relegadas a las tareas reproductivas. (Carrasco, 2001)
De esta forma, también se produce una jerarquización simbólica en el orden social. Por un lado, los empleos asociados a lo masculino, a lo público y a la maximización de ganancias son socialmente prestigiosos; por el otro, los trabajos de cuidados -cuando existe una vinculación laboral- tienden a estar mal remunerados, poco regulados y altamente feminizados. Esta jerarquía reproduce la idea de que los cuidados son actividades ‘naturales’ para las mujeres, ya sea por la consideración de que son actividades más ‘sentimentales’ o por cualquier otro percepto patriarcal. La naturalización de los cuidados como actividades femeninas supone su despolitización. Esta construcción social y cultural no solo afecta a las mujeres, pues refuerza un modelo de sociedad en donde él éxito se mide exclusivamente en términos de productividad mercantil.
Al conceptualizar a los cuidados como un pilar fundamental del orden social, los feminismos plantean una crítica al orden capitalista y patriarcal. Desde esta perspectiva, el problema no reside en la distribución del trabajo reproductivo, sino en la misma organización de la vida social y económica, que estructura a la vida en dualidades de apariencia ‘natural’. Autoras como Pérez Orozco (2014) plantean la necesidad de transitar hacia una sociedad que pongan la vida y los cuidados en el centro de su estructura, lo que requiere un trabajo de valorización colectiva y reorganización institucional.
Conclusión
A lo largo del presente texto se ha argumentado que los cuidados constituyen una dimensión central para la sostenibilidad de la vida. No obstante, ha sido sistemáticamente desvalorizados e invisibilizados en las estructuras sociales, económicas y políticas hegemónicas. Lejos de ser actividades exclusivas del ámbito privado y doméstico, los cuidados son un fenómeno de carácter político y, en su organización actual, se manifiestan y reproducen desigualdades de género, raciales y de clase.
Desde los estudios críticos de la economía feminista se ha subrayado que el actual modelo de acumulación capitalista se sostiene sobre la base del trabajo reproductivo no remunerado o precarizado. Frente a esta realidad, se debe buscar una reorganización radical del sistema socioeconómico. Superar las lógicas de mercado y establecer a los cuidados como el eje central de un nuevo pacto social, lo cual implica poner primero la vida que las ganancias. Esto requiere cambios culturales, políticas públicas profundas y ambiciosas, redistribución efectiva de las responsabilidades reproductivas y reconocimiento de las iniciativas comunitarias como actores clave en esta transformación. Poner la vida en el centro de la organización social del cuidado supone reconocer la interdependencia humana y la corresponsabilidad afectiva.
Pensar en los cuidados como una cuestión política no solo permite visibilizar las injusticias del modelo actual, sino imaginar y articular alternativas más igualitarias y sostenibles. Situar los cuidados en el centro del debate público es el primer paso para construir una sociedad en donde todas las vidas puedan ser vividas con dignidad.
Referencias
Pérez Orozco, A. (2014). Subversión feminista de la economía: Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida. Madrid: Traficantes de Sueños.
Moreno-Colom, S. (2013). Tiempo, trabajo y género: Una ecuación desequilibrada. Barcelona: Icaria.
Arendt, H. (1997). ¿Qué es política? Barcelona: Ediciones Paidós
Carrasco, C. (2001). La sostenibilidad de la vida humana: ¿un asunto de mujeres? Revista Mientras Tanto, Núm. 87, 75–101.