¿Quién puede contar su historia?: La representación como privilegio
No basta con hablar de diversidad si siempre escuchamos las mismas voces. Parece obvio, casi un cliché progresista; pero en la práctica se vuelve una verdad incómoda: la posibilidad de narrarse, de aparecer públicamente con una voz “válida”, sigue siendo un privilegio repartido de manera desigual. Y no necesariamente en los grandes medios o en espacios institucionales tradicionales, sino también en lugares que se presumen críticos, horizontales, “incluyentes”. Lugares que, si bien pueden contar con la mejor intención, replican la misma lógica que dicen combatir. Porque representar no es incluir. Y hablar no es ser escuchado.
Mesas donde la única persona LGBTIQ+ estaba invitada para “cumplir con la cuota”. Ponencias donde la persona migrante estaba para “contar” su historia inspiradora, pero no para cuestionar las políticas públicas y la intervención estatal en dicha materia. Conversaciones sobre diversidad donde la imagen institucional siempre resultó más importante que las voces reales a las que supuestamente se quería visibilizar. Y quizá, lo más preocupante de todo esto, es que este tipo de dinámicas no siempre son visibles para quienes las reproducen: terminan con un tono progresista, cumpliendo con esa responsabilidad y, supuestamente, “innovando”, pero siguen operando bajo la misma línea en donde se decide quién y qué se discute. En ese sentido, la representación es cualquier cosa menos democrática.
Cuerpos que entran a los espacios con la presunción de credibilidad y otros que deben demostrarla constantemente. Voces que se escuchan sin resistencia y otras a las que, desafortunadamente, se les pide forma, moderación… “prudencia”. En los medios, en la academia, en la política, e incluso en organizaciones sociales, las narrativas aceptadas siguen estando marcadas por las “formas correctas” de decir lo que se espera que digas. Así, la diversidad tiene filtros, y es una herida que constantemente se invisibiliza.
Entonces, la “representación” aparece como una práctica cómoda y simbólica: incluir una voz diversa para legitimar una conversación que, prácticamente, ya está decidida. Se invita, se celebra, se agradece… pero no se escucha. Se presta el espacio, pero se limita el poder. El cuerpo diverso se vuelve un recurso estético: “miren qué plural es este espacio”, “qué importante contar con su presencia”, “platíquenos desde su experiencia”. Pero, cuando la crítica va más allá del relato personal y se señalan violencias, estructuras y silencios, la recepción cambia: la incomodidad aparece. Y entonces, la diversidad trasciende la inspiración y se convierte en un “conflicto”. Curioso: los cuerpos diversos son bienvenidos para narrar el dolor y las experiencias, pero difícilmente se les permitirá disputar poder.
Hay una narrativa asignada a quienes vivimos identidades no normativas: la historia triste, la pedagógica, la de resiliencia. La historia que conmueve pero que se limita a cuestionar. Y cuando buscas salir de estos límites, cuando no hablas “como deberías” y dices lo que les incomoda escuchar, el espacio “abierto” revela sus límites. Porque incluso la disidencia, en ciertos espacios, se ve obligada a amoldarse.
A la par, hay un fenómeno que pasa desapercibido: la representación mediada. Es decir, hablar sobre una comunidad desde afuera como si así fuera suficiente. Personas cis narrando experiencias trans “para hacerlas accesibles”. Personas sin vivencias migrantes explicando migración en tono académico y aséptico. Voces privilegiadas contando historias de marginación con las que nunca han tenido que lidiar. No está mal que existan análisis externos; el problema es cuando ocupan todo el espacio y se vuelven la versión predeterminada de una experiencia que no les pertenece. La representación sin experiencia vivida sí puede informar, mas no reemplazar. Y si se impone, silencia.
El riesgo es claro: la historia deja de ser de quienes la viven para ser de quienes la interpretan. Y así, las personas diversas se vuelven materia prima de discursos y no autoras de ellos. Se convierten en objeto de estudio, metáfora, estadística, tema de agenda… menos en sujetas plenas con voz propia.
Entonces: ¿quién puede hablar sin pedir permiso? ¿Quién puede contar su historia sin ser reducido a una función? Más aún, ¿quién puede aparecer en lo público sin que su identidad sea cuestionada antes que sus ideas?
La respuesta no depende solo de voluntad, sino de estructura. No depende de “si te invitan”, sino de la configuración del espacio que te invita. No depende de “tener oportunidad”, sino de quién define qué oportunidades son legítimas. Y sí, hablo desde mi lugar como alguien que se mueve constantemente en espacios que suelen decirse críticos, y que aún así replican estas lógicas: la abogacía, la academia, e incluso la misma comunidad LGBTIQ+. He tenido la oportunidad de acceder a plataformas que a otras personas, incluso con experiencias más profundas o más duras que las mías, simplemente no les serían ofrecidas. Porque no encajan en la estética de lo diverso “presentable”, porque no tienen capital académico, porque no escriben “bonito”… porque incomodan demasiado. La representación, incluso cuando se busca de buena fe, sigue estando atravesada por privilegios.
No se trata de cancelar voces ni de cerrar espacios. No se trata de establecer quién “tiene derecho” a hablar: todas las personas deberían tenerlo. Se trata de reconocer que la diversidad real no es una foto llena de colores, ni una plantilla con distintos apellidos, ni un panel lleno de personas “diferentes” que en realidad dicen lo mismo. No es sumar cuerpos, sino transformar estructuras. No es abrir un micrófono, sino desmontar quién decide para quién está pensado.
La representación se vuelve verdad cuando deja de ser excepcional y empieza a ser cotidiana.
Cuando una persona trans puede hablar de cualquier tema sin que su identidad sea un conflicto. Cuando una persona migrante puede hacer análisis jurídicos sin que le pidan “su historia personal”. Cuando una persona afrodescendiente puede hablar de teoría crítica sin que el público espere pedagogía emocional. Cuando una persona LGBTIQ+ puede cuestionar sistemas sin ser etiquetada y prejuzgada como “demasiado radical”.
Esa es la meta: no que ciertas voces tengan un espacio, sino que no tengan que justificarlo. Porque al final, todos los cuerpos importan.
La diversidad real no empieza cuando hablamos sobre ciertas personas, sino cuando aprendemos a escucharlas. No cuando se abre la puerta por cortesía, sino cuando dejamos de custodiarla. No cuando damos permiso para hablar, sino cuando entendemos que nunca debimos tener la autoridad para concederlo. Porque la pregunta nunca fue “¿quién puede contar su historia?”, sino “¿quién sigue decidiendo que algunas historias no merecen contarse?”.
Y esa, al final, es la conversación incómoda que necesitamos sostener.