La cultura del emprendimiento y la individualización de la vulnerabilidad

El mercado laboral está en constante transformación. Uno de los principales cambios que se ha producido en las últimas décadas es la popularización de la cultura del emprendimiento como respuesta a la rigidez del empleo tradicional. Bajo el ideal de “se tu propio jefe”, el emprendimiento se presenta a sí mismo como una vía para romper con la estructura jerárquica asociada al trabajo asalariado, ofreciendo en su lugar autonomía, flexibilidad y autorrealización. Esto no solo reconfigura las aspiraciones laborales de las personas, sino que también redefine las formas socialmente valoradas de trabajar, lo que desplaza la figura del trabajador dependiente hacia el sujeto emprendedor, responsable de su propio éxito o fracaso. Dicho paradigma, lejos de ser un simple modelo económico, opera como un dispositivo ideológico que redefine la vulnerabilidad, transformando la noción del desempleo de un problema colectivo y estructural, a un asunto de gestión y resiliencia personal.

Para comprender la magnitud de esta transformación, es necesario recordar el paradigma que la precedió. En el marco del Estado de bienestar, el desempleo era entendido fundamentalmente como un fallo estructural corregible. Se concebía como una disfunción del sistema económico, una incapacidad del mercado para garantizar el pleno empleo, y no como un defecto del individuo. En ese orden normativo, se favorecía la figura del trabajador asalariado, estable y protegido, lo que implicaba el compromiso explícito del Estado para garantizar el acceso al trabajo digno. La vulnerabilidad era, por tanto, una cuestión social que exigía respuestas colectivas: sistemas de protección, derechos laborales robustos y una intervención estatal activa.

No obstante, a partir de las últimas décadas del s. XX, este modelo comenzó a erosionarse. La crítica neoliberal al Estado de bienestar sentó las bases para un cambio lento pero seguro. El primer paso en este proceso fue el cambio en la forma que interpretamos el desempleo, pues pasó de ser entendido como un fenómeno estructural, a ser leído como un problema individual relacionado con déficits personales de cualificación, motivación o adaptación a las exigencias del mercado laboral (Peck & Theodore, 2000). De este modo, se produjo una progresiva responsabilización del sujeto desempleado, al que se le exige iniciativa, proactividad y capacidad de adaptación como condiciones básicas para su inclusión socioeconómica.

La noción de que la inserción laboral depende exclusivamente de las competencias individuales produce un doble efecto en la construcción de subjetividades (Amigot & Martínez, 2013: 1079): por un lado, genera una personalización de la actividad productiva, lo cual supone que la esencia de la actividad deviene de las cualidades personales de los individuos; por otro lado, dicha personalización aumenta la responsabilización individual, por lo que el éxito o fracaso de la inserción laboral depende exclusivamente de la capacidad de los individuos a adaptarse a las exigencias del mercado.

El paradigma del emprendimiento representa la expresión más acabada del proceso de reestructuración productiva neoliberal. Se reconfigura la concepción de la vulnerabilidad y el desempleo ya no como un problema de desajuste estructural entre la oferta y la demanda de trabajo sino como una oportunidad de innovación y autorrealización individual.

Emprender se convierte en un proceso de autoidentificación, en el que los individuos deben concebirse (y manejarse) a sí mismos como una empresa. (Bröckling, 2015) Su principal objetivo debe ser maximizar sus beneficios, por lo que su sociabilidad, agencia, emociones, valores e ideas deben apuntar a optimizar su capital. Así nace un nuevo sujeto social: el emprendedor. Su éxito o fracaso laboral depende exclusivamente de la inversión en sí mismo, la innovación constante y la resiliencia frente a la incertidumbre.

En este marco interpretativo, el emprendimiento deja de ser solo una actividad económica y se convierte en una norma cultural y moral que define al sujeto social legítimo del presente: autónomo, creativo, competitivo y adaptable. Esta construcción discursiva se construye en un contexto de desregulación del empleo, precarización de los vínculos laborales tradicionales y debilitamiento del Estado de bienestar. En la situación de crisis e individualización del mundo del trabajo, la narrativa del emprendimiento se convierte en una alternativa particularmente seductora, en especial para los jóvenes. (Santamaría & Cabrajo, 2019: 207)

Los cambios normativos que buscan favorecer al emprendimiento generan una resemantización de la vulnerabilidad, lo que implica un desplazamiento de la cuestión social. La exclusión se deja de concebir como una injusticia social que exige redistribución de la riqueza, sino como una falta de adaptación o ambición personal. La justica se redefine en términos de acceso a oportunidades individuales, no de derechos colectivos. La meritocracia y el discurso del esfuerzo desplazan las nociones de desigualdad y lucha de clases. Así, el paradigma del emprendimiento naturaliza la precariedad al convertirla en un terreno fértil para la innovación individual, a la vez que despolitiza la desigualdad de las condiciones materiales de trabajo.

Además, este nuevo sentido común del emprendedor articula formas renovadas de control basadas en el autogobierno. El emprendimiento funciona como un mecanismo de subjetivación, en la que el sujeto es gobernado no desde la coerción, sino desde el deseo de autorrealización. (Laval & Dardot, 2013) El mandato de ser emprendedor internaliza una lógica competitiva de mercado en lo más profundo del individuo, promoviendo así formas de autoexplotación, autoevaluación y auto optimización permanentes. El fracaso deja de ser un hecho social para convertirse en un fallo personal; el riesgo, en una condición inherente de la vida; y el éxito, en una responsabilidad individual.

En última instancia, la reconfiguración de los modos de nombrar y gobernar el trabajo refleja un cambio en los criterios de justicia social. Si el paradigma del empleo asalariado se articulaba en torno a los derechos colectivos, la estabilidad y la redistribución, el paradigma del emprendimiento se centra en la meritocracia y en el acceso a oportunidades según el rendimiento, la innovación y la capacidad de asumir riesgos. Las políticas de empleo ya no buscan garantizar las condiciones mínimas para una vida digna, sino moldear sujetos ante las exigencias del mercado.

Manuel Echarri Cotler

Politólogo especializado en estudios laborales, con investigación sobre movilidad social, precarización y digitalización del trabajo.

Analiza las transformaciones del trabajo, su relación con la desigualdad y el papel de las políticas públicas.

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