Notas sobre “Esclavos en la Sierra Tarahumara”
Asistí a un conversatorio sobre los esclavos en la Sierra Tarahumara, proyecto liderado por la periodista Marcela Turati y el equipo de A dónde van los desaparecidos.
Algunas ideas:
2019 no es una fecha lejana. En la Sierra Tarahumara, un operativo rescató a 21 hombres encerrados en cuevas. Cultivaban amapola y marihuana para algún grupo criminal. Llevaban años ahí. No eran sicarios ni aspirantes a capos: eran mano de obra esclava.
El caso de la Sierra Tarahumara amplía la percepción común de la desaparición. No toda persona desaparecida termina inmediatamente en una fosa. Algunas siguen vivas, pero están alejadas de su comunidad, privadas de su identidad y esclavizadas en economías criminales como fuerza de trabajo. La desaparición también puede ser una condición para la trata de personas.
Existe un mito en la opinión pública: el hombre joven del norte que termina reclutado por el crimen está ahí por ambición, por dinero fácil, por “andar metido en cosas”. El reclutamiento forzado deshace esa narrativa, pero aún nos resistimos a soltarla del todo como sociedad. Es más sencillo asumir la culpabilidad de la víctima que admitir la existencia de campamentos de esclavitud dentro del país.
La resistencia también tiene una dimensión de género. A los hombres jóvenes se les atribuye voluntad, fuerza y agencia incluso si han sido sometidos. Entonces cuesta trabajo reconocerlos como víctimas de trata de personas, violencia sexual o trabajo forzado. ¿Desde cuándo la masculinidad es una presunción de consentimiento?
La economía del narcotráfico no se sostiene únicamente con hombres armados, sicarios. También necesita de alguien que siembre y coseche la mercancía y los insumos. Así, el crimen organizado, además de ser una estructura militar, es un sistema productivo que recurre a formas extremas de explotación laboral.
El modus operandi del reclutamiento forzado no es desconocido para las autoridades; existen denuncias en la zona que repiten el mecanismo una y otra vez. Se caza en los márgenes de las ciudades: jóvenes rarámuris o migrantes, en situación económica precaria, ya sea porque necesitan un trabajo o porque están endeudados, con responsabilidades familiares, con problemas previos de adicción.
La violencia dentro de los campamentos es brutal: golpes, ahogamientos en el río, latigazos, violencia sexual. La crueldad es parte del sistema de explotación: disciplina los cuerpos, inhibe la fuga y produce obediencia.
Las denuncias por desaparición, si las hay, se pierden en el escritorio del burócrata con una regularidad sospechosa. La omisión de los funcionarios públicos no es simplemente incompetencia o falta de recursos; es un método de gestión territorial. Hay zonas cuya desprotección significa estabilidad para el crimen.
Si el Estado actúa, solo atiende los efectos y no las causas. Despliega operativos circunstanciales, toma la foto del rescate y luego devuelve a los supervivientes al mismo entorno de precariedad que facilitó su captura en primer lugar. Sin reparación, seguimiento y alternativas materiales, el rescate es una pausa antes del próximo reclutamiento.
“En algo andaba metido”. La frase es tanto una anestesia social como un deslinde moral y jurídico automático. ¿Por qué convertimos a la víctima en victimario? El narco no se sostiene únicamente con impunidad, sino también con indiferencia y estigma social.
Apenas algunas ideas que me inspiró el conversatorio. Recomiendo ampliamente escuchar el podcast Esclavos en la Sierra Tarahumara del equipo de Marcela Turati. Gracias por leer.