Tradwives: el camino de regreso a Gilead
Este verano he vivido una serie de eventos desafortunados que me han hecho pensar: WTF con las mujeres.
Todo empezó con El cuento de la criada (al final incluyo una breve explicación y una amplia recomendación para que la vean). Casi al mismo tiempo, “activistas” como Erika Kirk, Savannah Faith Stone y Pearl Davis comenzaron a promover que únicamente el “hombre de la casa” debería votar (nótese la ironía, porque Erika es viuda). La realidad decidió colaborar: fui a una plática sobre el papel de LOS, énfasis en LOS, científicos de datos en la inteligencia artificial. En un grupo de cincuenta personas, solo éramos tres mujeres y ninguna estaba ahí para hablar sobre IA. Y, para rematar, en un espacio “sororo” apareció un curso para niñas de seis a doce años con clases de modales, table styling y workout.
No deportes. Workout.
Fue entonces cuando me di cuenta de que no estamos tan lejos de Gilead y de que varias Serenas Joy abundan en nuestros círculos.*
Dudé en escribir sobre este tema porque, ciertamente, llego un poco tarde a la conversación. Las tradwives llevan meses, si no años, invadiendo TikTok e Instagram. Pero nunca es demasiado tarde para hablar de los peligros que enfrentamos las mujeres, especialmente cuando se presentan como tendencias inofensivas.
A ver, antes de que alguien se me esponje: no tiene absolutamente nada de malo querer dedicarse al hogar, a los hijos, a la familia o a la pareja. Cada mujer puede organizar su vida como mejor le parezca; esa libertad se la debemos al feminismo. El problema comienza cuando internet convierte una decisión personal en un modelo aspiracional universal y, sobre todo, cuando omite convenientemente cuánto cuesta sostenerlo.
Porque la vida de tradwife que vemos en redes no consiste en levantarse a las seis de la mañana para preparar el lunch, hacer el súper con presupuesto limitado, cuidar a los niños, limpiar la casa e ingeniarse a diario la cena de toda la familia.
No.
La tradwife de TikTok se levanta en una bata de lino, prepara pan artesanal en una cocina que parece el showroom de Architectural Digest, va a Pilates al mediodía y siempre tiene tiempo para acomodar seis tipos de flores sobre una mesa que nadie va a usar.
Y claro que una lo ve desde su humilde mortalidad y piensa: yo también quiero.
Pero, ¡amiga, date cuenta! Muchas de las mujeres que nos explican las bondades de depender económicamente de su prince charming —ahora conocido como “hombre resolvedor”— son, en realidad, empresarias. Negocian campañas, cierran contratos, administran marcas personales y llenan sus cuentas con miles de pesitos mientras nos cuentan lo maravilloso que es no preocuparse por generar ingresos.
Ellas facturan. Y mucho.
Y a ver, el problema no es que facturen; amamos que las mujeres ya no lloren y ahora facturen. El problema es la estafa detrás del discurso: mujeres que trabajan, negocian contratos y monetizan su vida les venden a otras la fantasía de que no trabajar es el camino hacia la vida perfecta. Ellas venden la dependencia desde su propia independencia y pueden darse el lujo de costear un personaje que buena parte de su audiencia no puede permitirse. Para ellas, la fantasía es rentable; para quienes intentan convertirla en realidad, puede salir carísima.
Un estudio realizado entre trabajadoras de Nepal encontró que la dependencia económica respecto del esposo se asociaba con una probabilidad aproximadamente tres veces mayor de sufrir violencia física.¹ En México, la ENDIREH 2021 documentó que 39.9% de las mujeres que han tenido una relación de pareja había experimentado violencia por parte de alguna de sus parejas a lo largo de su vida; 19.1% había enfrentado violencia económica o patrimonial.² Otro estudio, publicado en el American Economic Journal: Economic Policy, encontró que las mujeres beneficiarias de ciertos programas de transferencias públicas eran 40% menos propensas a sufrir violencia física.³
La independencia económica no fue una ocurrencia del feminismo para obligarnos a todas a convertirnos en CEOs; fue una conquista que nos dio la posibilidad de dejar de necesitar a un hombre para construir una vida. Nos permitió trabajar, tener patrimonio, tomar decisiones, elegir cómo vivir y, sí, también irnos cuando una relación se vuelve violenta, peligrosa o simplemente insoportable. El feminismo hizo posible que nuestra libertad no dependiera de la voluntad ni de la cartera de un hombre. Y ahora, paradójicamente, volver a depender de ellos está trendy.
Enseñarles a niñas de seis años que, para convertirse en “la mujer correcta”, deben saber poner la mesa, comportarse adecuadamente y moldear su cuerpo no es trendy: es peligroso, regresivo y profundamente angustiante.
Y quizá el verdadero problema de las tradwives ni siquiera sean las tradwives, sino la facilidad con la que una estética termina convertida en una forma de vida; una estrategia de marketing, en una identidad, y un personaje de TikTok, en una aspiración.
El feminismo no llegó demasiado lejos. Lo peligroso es que algunas ya empezaron a vendernos el boleto a Gilead con código de descuento.
* En El cuento de la criada, Gilead es un régimen totalitario y ultraconservador en el que las mujeres pierden sus derechos y quedan sometidas a funciones determinadas por los hombres: reproducción forzada y trabajo doméstico. Serena Joy es una de las mujeres que contribuyen a promover ese sistema, aunque después ella misma queda atrapada en sus reglas.
Referencias
¹ Dhungel, S., Dhungel, P., Dhital, S. R. y Stock, C. (2017). “Is economic dependence on the husband a risk factor for intimate partner violence against female factory workers in Nepal?”. BMC Women’s Health, 17, artículo 82. https://doi.org/10.1186/s12905-017-0441-8
² Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi). Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2021. https://www.inegi.org.mx/programas/endireh/2021/
³ Bobonis, G. J., González-Brenes, M. y Castro, R. (2013). “Public Transfers and Domestic Violence: The Roles of Private Information and Spousal Control”. American Economic Journal: Economic Policy, 5(1), 179-205. https://doi.org/10.1257/pol.5.1.179