El Vals de la Banda Presidencial: El Perú en el Día de la Marmota

Resulta fascinante, y a la vez un tanto trágico, observar cómo en el Perú la banda presidencial ha pasado de ser un símbolo de majestad a convertirse en una suerte de prenda de alquiler de corto plazo. A varios días de que José María Balcázar asumiera la máxima magistratura tras la estrepitosa caída de José Jerí, el Palacio de Gobierno parece haber recuperado una calma que, más que institucional, se antoja anestésica. No es para menos; en un país donde los presidentes duran menos que un suspiro en una ventisca, la llegada de un octogenario magistrado al sillón de Pizarro ha sido recibida con la resignación de quien ve a un abuelo sabio intentar apagar un incendio forestal con un vaso de agua. Este cambio de gestión, cimentado en la urgencia de llegar vivos al 12 de abril, nos recuerda que en nuestra política lo provisional es la única forma de permanencia que conocemos.

La salida de Jerí, envuelta en ese aroma a pasillo oscuro y pactos bajo la mesa que tanto gusta en la Plaza Bolívar, no fue más que otro recordatorio de que el Congreso peruano ha perfeccionado el arte de la guillotina parlamentaria. Se fue por una censura exprés, dejando tras de sí un vacío que Balcázar ha llenado con una parsimonia que desespera a los ansiosos y tranquiliza a los escépticos. Sin embargo, no debemos llamarnos a engaño: este breve interinato no es un renacimiento, sino un puente levadizo que se sostiene apenas por la fatiga de una clase política que ya no tiene fuerzas para seguir canibalizándose, al menos hasta que se abran las mesas de votación. El flamante mandatario navega hoy entre las aguas de un pragmatismo casi cínico, sabiendo que su mayor legado no será una reforma estructural, sino simplemente entregar la posta sin que el edificio se desplome por completo en el intento.

Mientras tanto, en la calle, el ciudadano de a pie observa este desfile de trajes y bandas con una mezcla de sorna y hartazgo, pues sabe que mientras en las altas esferas se discute el sexo de los ángeles —o el color de las curules del nuevo Senado—, la realidad cotidiana sigue siendo una carrera de obstáculos. Las extorsiones y la inseguridad han pasado a formar parte de la canasta básica familiar, y la economía se mueve por inercia, como un trasatlántico que sigue navegando a pesar de que la sala de máquinas está inundada. Es esta desconexión absoluta entre el juego de tronos y la supervivencia diaria lo que le da a nuestra democracia ese aire de ficción surrealista, donde los protagonistas cambian con la velocidad de un canal de noticias, pero el guion de fondo permanece inalterable y gris.

En ese sentido, el horizonte de abril, con sus más de treinta candidatos peleándose por un retazo de atención, se presenta no como una solución, sino como una tómbola de alta peligrosidad. La fragmentación política es tal que ya no hablamos de partidos, sino de emprendimientos electorales que buscan capturar el descontento antes de que este se convierta en ceniza. Balcázar, en su papel de albacea de una nación en quiebra moral, intenta proyectar una imagen de neutralidad, pero en el Perú la neutralidad es a menudo confundida con la parálisis. El reto de esta última semana ha sido convencer al mundo —y a nosotros mismos— de que todavía somos un país viable, a pesar de que nuestras instituciones parecen estar sujetas con hilos de coser y mucha buena voluntad.

Finalmente, este vals interminable de sucesiones y vacancias nos deja con la amarga sospecha de que el 12 de abril no será el final de la crisis, sino simplemente el inicio de un nuevo ciclo de desencantos. El Perú ha normalizado lo extraordinario y ha convertido la precariedad en su estado natural; somos expertos en sobrevivir a los incendios, pero pésimos arquitectos a la hora de construir edificios ignífugos. A medida que los días pasan y la figura de Balcázar se asienta en la transitoriedad, queda claro que la verdadera tragedia no es quién ostenta el poder hoy, sino la orfandad de un proyecto de país que vaya más allá de la próxima semana. Ojalá que, cuando la banda presidencial cambie de hombros nuevamente, no sea para repetir esta danza circular que nos mantiene siempre en el mismo lugar: mirando al abismo con una sonrisa pícara y la elegancia de quien ya se acostumbró a caer.

Christian Hinojosa

Estudiante de Derecho y Economía en Arequipa, Perú, interesado en Derechos Humanos, política y finanzas.

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